Compartir la belleza en el Teatro Real
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Silvia Pérez Cruz anoche en el Teatro Real estrenó un disco que sale en mayo, una escenografía conceptual y compleja, un vestuario teatral donde a veces es ola y otras coral. Con todo su coño.
Acostumbrada a que los joseluises de la industria estrenen en la casa de la cultura de Villaconejos por los riesgos controlados, una sigue agradeciendo a las grandes su grandeza valiente.
Sale Silvia a desafiar el protocolo. Toda la lámpara que tú quieras pero aquí he venido yo con todo lo que soy. Y lo que Silvia Pérez Cruz es se resume en una fe ciega en el arte como forma de expresión independiente del talento.
En una absoluta falta de clasismo. En un conocer el canon solo como forma de darle un revolcón. Desintegrarlo.
Arropada por Carlos Monfort, Marta Roma y Bori Albero, su trío de confianza empieza a construir una pirámide de música que suena inmejorable. A veces pienso que me gusta tanto el contrabajo de Bori porque él es físicamente imponente en el escenario. Luego cierro los ojos y soy consciente de su precisión técnica, su dominio del instrumento pero también de su arte. De la intención con la que toca. Nadie que Silvia sube al escenario puede saltarse esa parte. Que lo que pase ahí te importe dentro del cuerpo. Donde los órganos vitales se conectan entre sí y con el resto de gente.
A la tercera canción ya nos está haciendo cantar “aea, la vida nos pastorea”
El Real impone y a la gente le cuesta. Pero ella no se rinde. Ha venido a lo de siempre. A estremecernos, a conectar con cada alma que abre los ojos como platos en cada butaca.
Al segundo intento ya estamos cantando más o menos todos. Y tiene razón Silvia: aunque haya entre el público tanta gente como yo que canta fatal, cantar juntos hace que pase algo físico con las ondas del sonido y todo se armonice.
Fuera el mundo sigue en guerra. Dentro hay una revolución incipiente.
La belleza es compartirla y se multiplica cuando sabes con quién compartirla. Eso dice. Cuando sabes con quién.
Yo pienso que igual esa es la clave. Que hay gente con la que es importante negarse a compartir nada. Han venido a destruir y es nuestra obligación evitarlo.
El anterior disco eran las edades de una persona. Este disco que sale en mayo se llama Oral Abisal. Aunque no lo explica así, para mi es una conversación entre lo que cada quién tenemos en lo profundo y cómo elegimos compartirlo con el mundo.
Hay amor y desamor en este disco. El desamor es la conciencia de que no puedes compartir belleza con quien no cuida el mundo.
Quien no sabe cuidar no sabe querer. Eso dice una canción del disco. Solo que en catalán. Y querer en catalán se dice estimar. Tiene dentro el matiz de dar valor.
Querer es también entender cuánto te importa alguien.
Quiero mucho a Silvia aunque técnicamente no la conozca de nada.
Odio a quien le haya roto aunque sea una rajita el corazón y la confianza. Lo odio aunque nos haya dado arte en el proceso de cura. El corazón de Silvia es como esa cosa japonesa del oro para lo roto. Brilla tanto que se ve relucir desde la esquina de la fila 12 del Real. Muy ayudada por una iluminación preciosa y llena de sentido con lo que ella cantaba con su voz portentosa y sus micros cincuenteros, y sus micros con efectos. Su voz como un theremin humano. La corriente pasando por cada cuerpo sin toma de tierra. Todo el patio de butacas revuelto.
De pronto entramos en lo abisal. Cambia el escenario. Se llena de blanco que luego será azul oscuro. Y de gente. 20 personas. 20 nada menos.
Para Silvia los márgenes de las giras no tienen tanto que ver con los números como con dejar fuera algo o a alguien que te importe en tu proyecto artístico. Los márgenes no existen, vamos. 20 personas. Cuerdas. Vientos. Piano. Su guitarra y su voz. Las voces de ese coro de mujeres que tiene sentido sin que ella diga nada pero todavía más cuando lo dice.
“Yo canto como canto por todas las que cantaron antes y que en mi siguen cantando. Hay una responsabilidad de cuidar nuestro canto que es el canto de todas”
Frente a la irresponsabilidad de las estrellitas canallitas que se aprovechan del talento de las mujeres. Frente a los C. Fritanga sin dos dedos de frente cegados de ego y avaricia, mirándose un ombligo que ellos mismos saben irrelevante, construyendo artifícios que disimulen su absoluta irrelevancia. Que escondan lo dañino. Frente a esa basura terrible, cuidar el canto. Elegir con quién compartes la belleza. Solo eso. Todo eso.
Silvia habla de residencias creativas. De juntarse con músicos en un piso brasileño y que salgan dos joyitas. De su sueño de cantar en el Olympia de París. Cumplir sueños rodeada de su gente. Aprender a respirar y disfrutarlo. Llorar cuando cantas allí. Llorar cuando te recuerdas cantando allí. Que te importe todo lo importante. Solo lo importante.
Perez Cruz se vuelca y te pone del revés. Ir a oírla cantar es catártico no como un recurso literario sino como una forma sobada de explicar eso que nos pasa por dentro con su magia.
Sacar belleza y esperanza del sufrimiento, vomitar lo oscuro y que se haga la luz es algo que no me canso de admirar. Que su proceso nos revuelva el estómago a cada una por lo nuestro. Con quién compartir la belleza. De quién protegerla. Qué es rendirse y qué triunfar. Cuánto ganas protegiendo lo vital. La vida y lo que la hace posible. Proteger eso de quienes buscan su propio beneficio caiga quien caiga.
Duele y cura cuando Silvia canta. Es la primera vez que no lloro en un concierto suyo. Estaba a la vez enfadada y decidida.
No puedo sola arreglar nada. No podemos entre unas pocas arreglar nada.
Pero hay 20 personas en el escenario. Estoy rodeada de gente con la que compartir la belleza y los abrazos. Tengo algo valioso que proteger. Y la determinación de hacer todo lo que esté en mi mano. Salir a flote de lo abisal, lo oscuro, lo doloroso, con la fuerza de gritar. Lo oral. Ve y dilo. Dilo todo. Sigue diciéndolo todo. Allá quienes no sepan entender. Aprende de la maestra. Confía como has confiado siempre en que decirlo te acerca a quienes sí y te aleja de quienes no. Te protege sin aislarte ni atontarte. Te da espacio para que la felicidad sea posible. Pasear por Madrí y que vuelva a parecer un lugar vivíble. Abrazar. Comer alcachofas tiernas recordando que Silvia anoche cantó Senza Fine para homenajear a Gino Paoli, con quien cantó una vez. A quien entregó un premio. Contó aquello como si a Paoli ella le diese igual. Sabemos que no.
Comer alcachofas tiernas recordando que se sorprendió genuinamente de que todo el Real se levantase a aplaudir desde la mitad hasta el final. No porque ninguno pensásemos que era el final. Solo porque queríamos devolverle al menos un poco de todo lo que nos estaba entregando.
Mañana nos vamos a morir todos. Todas. Mañana. Hoy tenemos tiempo y la obligación de cuidar el mundo y a la buena gente que lo habita. Cuidar a veces es cantar. Otras decir. Otras callar. A veces cocinar, abrazar, preguntar. Siempre jugar. Algunas noches con unos dedos que esperan un segundo. Paran divertidos, antes de lanzarse saltarines de cabeza mástil abajo hasta casi el cordal. Y vuelven a subir corriendo para que tú bailes. Cuidar el mundo es también hacerlo bailar.
Gracias siempre Silvia y toda tu gente. Gracias a mis cómplices por compartir la belleza conmigo.