Gravity vs Tom and Jerry

Las personas que no somos músicas pero no podemos vivir sin música, las que no sabemos escuchar música sin bailar, oímos las canciones de una forma muy distinta a las personas que son músicas. No siempre soy consciente concretamente de lo que las canciones me hacen. Me quedo con una impresión aparentemente general y, a veces, luego, me paro a escuchar la letra (cuando la tiene) o alguien cuenta la historia de la canción (la de verdad, no las cosas que se inventan para las entrevistas publicitarias) y todo cuadra y me gusta que cuadre. Saber que lo estoy entendiendo. A veces no tengo ningún contexto personal de quién compone ni canta y con el tiempo descubro que lo esencial se había filtrado. Quién es y dónde está, qué mira (o qué dice mirar mientras mira otra cosa) y desde dónde. Digamos.

Hoy alguien me ha preguntado si podría explicar mejor por qué Gravity me parece buenísima y Tom and Jerry un absoluto horror.

He decidido poner las dos una detrás de otra mientras transcribía la historia que me sugiere cada una obviando los instrumentos (quizir, sé que cierta sensación se debe a que entra un teclado, cierta otra a lo que decide hacer (o no) John Mayer con la guitarra. Pero no quería contar eso ni contarlo así.

Quería contar lo que las decisiones técnicas, musicales, instrumentales, de producción etc hacen a quien escucha.

Ahí va:

Gravity:

Aparece alguien caminando lento mientras piensa en cosas que le preocupan y todavía no sabe dar forma. Cruza de acera como si de pronto supiese dónde quiere ir. Está el saltito en la música. Empieza a contarnos la historia, gira, acelera el paso. Sube el tono de voz. Se calma. Vuelve a recuperar su cadencia lenta de paseo. Suspira. Respira hondo. Para. Todo vuelve a empezar. Rumiar lo que te agobia.

Apoyarse contra una pared. Estar cansado y preocupado. Desesperarte. Respirar otra vez. Que de pronto salga el sol. Creer que todo va a acabar saliendo bien de alguna forma extraña. Sonreír. Volver a casa.

Tom and Jerry

Alguien tararea una especie de jingle infantil. Mucho rato. Nanananananananananananananananananananananananananananananananananananananananananan

Na

Termina el tarareo. Empieza una voz a hablar. Mecánica. Con un metrónomo debajo. A veces también suena el nananana del tarareo del principio de fondo. Y entra alguien con la voz más grave a tararear. No sé por qué. Como si llegase tarde a una fiesta y quisese fingir que llevaba allí desde el principio. Que no se ha perdido nada. Como si hubiese algo que perderse. La voz que habla sigue invariable. No sé qué dice. Tampoco me interesa.

De pronto deja de hablar. Tararea otra cosa. uuuuuuuu mientras sigue el tarareo del jingle debajo. Incansable.

Redoble. El metrónomo se acelera. El que cuenta sigue sin hacer ni una sola inflexión en su voz. Debajo, el tarareo cambia y tú no entiendes por qué si todo lo está contando igual. A qué responde ese cambio. Tampoco sabes qué pasa. Te duele la cabeza.

El puñetero metrónomo.

Coño, un cambio en la voz. Ahora repite todo con este nuevo tono. Muchas veces. Sigue el metrónomo. Sigue repitiendo. Unas 15 veces la misma frase irrelevante. Ojalá alguien diciendo “pues ya estaría”. Nadie se atreve. Todo el mundo se marcha. Él sigue repitiendo pero le perdemos en la distancia. La canción parece infinita. Dura 15 segundos menos que Gravity.

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