Lo contrario de Lux

El cuerpo siempre sabe y el mio ayer no sintió nada que no fuese decepción y desespero.

Rosalía canta muy bien. El sonido me pareció desastroso. Rosalía es guapísima. La escenografía no tiene ni pies ni cabeza. No se puede contar todo todo el tiempo (aunque el tecno botafumeiro me parezca inmejorable).

Rosalía es una genia y parecía infeliz en el escenario. Absolutamente disociada. Hasta los cojones de ser el centro de tantas miradas.

Llenándolo todo de cosas para que no la veamos a ella. Para que no la sintamos a ella. Para que no nos sienta a nosotros. Funciona pero es una mierda.

El problema de ser una artista es que sabes diferenciar perfectamente lo real de lo puramente performativo.

Hay un vacío desesperante, descorazonador, en el teatrillo.

Parece que da todo igual. Que cuela todo. Que el público es incapaz de diferenciar una cosa de otra. De lo que no siempre somos capaces es de nombrarlo. Pero es imposible no sentirlo.

Ayer 17.000 personas se murieron de frío a pesar de sus esfuerzos. Nada pasó arriba y nada pasó abajo. Casi nadie bailaba ni aplaudía ni reía ni se entregaba porque no había nada a lo que entregarse.

Rosalía se arrastraba por el show deseando que acabase. Todo resultaba más bien deprimente. Es peor cuando sabes que quien está ahí arriba tiene la capacidad de ponerte genuinamente del revés y está ahí haciendo ni sé si ella sabe muy bien qué. Algunos le llaman oficio y profesionalidad a esa ejecución absurda de lo mecánico.

Cantar La Perla y estar preocupadísima de no caerte porque el tacón se ha enganchado en el bajo de la falda. Que te importe tres pepinos lo que cantas.

Saber que no estás a tu altura y que eso te pase factura. Acabar diciendo “ojalá haber conseguido transmitir algo, espero que volváis otro día” porque sabes que no has transmitido nada de nada este día.

Que solo en Magnólias has conseguido conectar con algo de lo que te ocurre. Cantar sobre el fracaso. Que alguien se estremezca un poco por fin. Muy poco. Porque falla estrepitosamente el micro blanco (precioso) y tú ni te inmutas. No es profesionalidad. Es que algo te pasa. Que no estás. Que te hemos perdido.

La pregunta es si mañana, los 17.000 que vayan tendrán algo digno o será otro desastre.

O la pregunta es más bien si va a volver la que cantaba a Enrique Iglesias y nos hacia llorar incluso a través de un video guarro en redes.

Y la respuesta es ojalá.

Al arte no se le pueden pedir hojas de reclamaciones. Pero sí una forma de compromiso que va más allá de cubrir un expediente.

No hay diva que soporte 5 shows como el de anoche. No hay público que aguante el aburrimiento de la grisura barroca.

Hoy Lux me gusta menos que ayer. Hoy me alegra que no hiciese bis. Que no cantase el fado. Que no se subiese Silvia Pérez Cruz. Tengo dos clavos a los que agarrarme. Dos clavos absolutamente ateos. Impenitentes. Hedonistas como yo.

Escribo esto mientras Memória me recuerda que incluso las diosas a veces están tristes. Hartas. Y que tenemos la posibilidad de recordar cuando brillaban. Confiando en que vuelvan a brillar.

Carminho en este fado canta pidiendo sinceridad. Creo que es importante escribir esto tan crudo. Esto que me hubiese gustado no sentir.

Para mi es importantísimo porque espero ir un día a ver a Rosalía y salir diciendo que fue la hostia. Que nadie dude de mi palabra. No da todo igual. Y eso es lo único que nos salva siempre. Que las cosas nos importen.