Mientras suena el bosón de Higgd

Los grandes acontecimientos no dependen nunca de ti. Puede que los pequeños tampoco exactamente.

Tú solo intentas entender qué podría pasar. Buscas un lugar propicio. Buena compañía. Y esperas. Que pase lo que tenga que pasar. A veces se nubla y no se ve la corona ni nada que no sea una noche repentina. Un silencio. Un algo contenido. Gente que aplaude porque no sabe qué hacer con lo que está pasando. Gente que lloramos porque siempre lloramos cuando hay algo enorme oprimiendo el pecho. Ponerle nombre a esa enormidas es saber que somos enanos. Que el universo es infinito y sigue sus ritmos ignorándome. A mi hace mucho que entender eso de verdad me da paz.

Un niño detrás de mi con una madre incapaz de entender el sistema solar. Desinformada de miedo “pónganse las gafas”. Entender de pronto el privilegio. Siempre fuiste una niña con al menos un adulto capaz de explicarte el mundo con una precisión suficiente. Parece una tontería. Lo cambia todo. “Mamá, con las gafas no veo nada”

Me giro. Le digo: como las nubes tapan al sol sólo vamos a ver que se hace de noche muy pronto, de golpe. Y luego de día otra vez igual de rápido. Sonríe pero sigue sin entende nada.

A veces el eclipse se nubla pero da igual porque ha sido un día precioso, porque hemos subido por las escaleras que comunican las dos playas riendo con restos de salitre en la piel. Porque el aperol tiene el color del atardecer. Porque dentro de muchísimos años diremos “tú y yo vimos aquel no eclipse en Los locos” y eso significará mucho más que un fenómeno astronómico rarísimo.

Vivir es esperar al eclipse total y disfrutar de la noche repentina. Volver conduciendo de la playa, ducharte con agua caliente a presión, el mejor disco de Iván de fondo. Que eso sean las vacaciones.

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