Taracá en el Movistar Arena
Han entrado al escenario como Pancho Villa en Zacatecas. Literal. O sea figurado pero no. Han entrado así y yo ya era feliz.
Todavía no sabía lo que el vibráfono de Eva Catalá iba a hacerme. Pero quedaba poco para averiguarlo. Polvo de estrellas me ha hecho llorar de pura belleza. Ha sido un Silvia Pérez Cruz de manual que no habría existido sin la magia de las manos y la sensibilidad de Eva.
La canción siempre ha sido preciosa y profunda. Pero esta noche ha pasado eso alquímico del arte. Eso que ha pasado luego muchas veces en la noche. Me he conectado digamos que cuánticamente con miles de personas que no conozco (he vuelto a ver Fringe, no lo sé explicar mejor).
Primero había rabia en la voz de Drexler. Rabia de cuando el mundo no entiende lo obvio y todo está en peligro. Y luego el destello metálico de la percusión haciéndonos creer a todo el Arena que vamos a conseguirlo. Vamos a salvar lo sagrado. Que nunca es lo divino aunque intenten confundirnos. Había un eco que retumbaba en el centro de mis huesos. Y el final. Y el suspiro. Inmediatamente después de que el polvo de estrellas se posase ha llegado la bronca de Drexler porque damos palmas muy fuerte mientras habla.
Drexler llegó a Madrid en febrero del 95 y a mi vida en marzo del 96. Cuando Madrid era para mi un plan a dos años vista. Su disco me hizo entender que hay canciones que siguen mis procesos mentales. En octubre eran fiestas de Pucela, tocaba gratis en una movida de Condena Dial en la plaza mayor. Fui. Nos echó la bronca. Yo solo le consiento a Drexler que me eche la bronca desde un escenario. Os diría que no sé por qué pero lo sé de sobra. Es un maniático. Lo que hace le importa. A veces es puro nervio y si esperas un par de minutos algo pasa y todo se recoloca. Lleva literalmente 30 años siendo fundamental en mi vida y cuantos más pierdo en el camino a base de aburrirse a sí mismos hasta que nos aburren al resto, más valor tiene para mí que él siga poniéndolo todo, arriesgando tanto, aprendiendo, jugando con los instrumentos, los ritmos, las formas de componer.
Estábamos tan emocionados, sentaditos todos en nuestra butaca pensando si nos gustaba más Miryam Latrece homenajeado a Morente o Flor Gamba intentando que no echásemos de menos la crudeza tierna de Young Miko. Estaba yo diciendo que no a la chica de mi derecha que insistía en invitarme a una cerveza creo que precisamente por esa conexión de cuando la piel desconocida a tu lado se eriza exactamente como la tuya.
Estábamos en eso que pasa siempre en los conciertos de Drexler cuando él ha atravesado corriendo la pista hasta llegar a un escenario secundario ubicado en el mismo sitio que el botafumeiro disco de Rosalía. Pero Drexler ha conseguido todo lo que ella no logró en su propio viaje por el Movistar Arena.
Él era el sol, cada alma del público un girasol creciendo hacia su voz. Poniéndonos de pie como en trance. No queriendo sentarnos en la hora y media que quedaba. Guitarra y vos siempre fue un manifiesto. Sigue siéndolo. Fue la primera pista que nos dio de su negativa a enranciarse, envejecer asustado y mirándose el ombligo. Guitarra y vos tiene 24 años. Él 62. Sigue reluciendo feliz como un chiquillo. Sigue siendo energía que nos hace revivir. Bendita la felicidad del amor al arte. Algo ha vuelto a colocarse cuando todo el público hemos gritado al unísono “uno solo conserva lo que no amarra”
Todos lo hemos notado. Él también. Había risa en su voz. Risa como agua cristalina. Ha remado entre nuestras voces, disfrutando de nuestra armonía al cantar al otro lado del río. Hasta quienes cantamos mal hemos cantado bien esta noche. Porque estábamos cantando genuinamente juntos.
En la votación de la canción sorpresa ganó la más madrileña. Mi segunda favorita de las que se podían elegir. La trama y el desenlace es mi filosofía de vida. En serio. No es una forma de hablar. Y juro que la ha cantado para mi. Ajustandose a mi ritmo. Al vuelo de mi vestido que casi tocaba el suelo. Que me miraba solo a mi aunque ni me viese desde donde estaba. Así funciona la magia. Una lo sabe y con eso vale.
Luego se ha salido del guión para cantar la milonga del Moro Judío, que ha quedado segunda.
Algo ha vuelto a unirnos a los, yo qué sé, 8.000 asistentes? Los que fuesemos. Todos. Todas.
La loca que ha interrumpido todo para aplaudir el solo de contrabajo de Ale López como si el exWizink fuese una Jam de jazz he sido yo. Ya he dicho muchas veces que Alejandra es una bajista espectacular, una música brillante. Hoy ha vuelto a dejarme sin habla cantando y tocando más bonito imposible en Soledad. Estaban de punta a punta de la pista Drexler y ella y esa distancia física ha sido como un baile. Mirarse mientras cantaban y tocaban como si no estuviésemos todos allí gritando de emoción ha sido inolvidable. Hipnótico.
Seguíamos de pie. Con la boca abierta. Felices. En una conexión que no necesitábamos entender, que no queríamos terminar. Flamen le ha quitado la guitarra a Drexler y yo he pensado si él comprará la diferencia entre públicos apáticos y esta entrega absoluta. Empieza Viaje. Drexler vuelve al escenario grande. Queda una hora de tambores y baile. Vamos a seguir todas de pie. Vamos a sudar. A despeinarnos. A querer desnudarnos. Vamos a bailar como si lo fuesen a prohibir. Ante la duda baila. Baila en la cueva. Mueve el culo, grita tocarte. Tócate la piel que destella mientras la canta. Tiende y cruza todos los puentes. Haz un tratado rítmico mientras tus pies tocan tierra y la mano del tambor chico te hace volar. Grita que la vida es bonita como si estuvieses otra vez en el Samba un sábado cualquiera. Y que sea lo que sea. Y que vuelva a sonar Todo se transforma y tú sonrías pensando que esa canción es todavía más importante desde aquel puente en Salvador donde la felicidad te sacaba guapa en todas las fotos, donde llevabas puesto el primer vestido que el Nómada te regaló cuando iba y venía del desierto a Madrí. Cuando Brasil parecía una fantasía inalcanzable y no la realidad que te cambió entera. Un vestido con muchísimo escote. Morado y blanco. Uno que le hizo a cierta guía yoruba regalarte una cinta de Bomfin blanca como tu aura en medio del Pelourinho.
Cada uno da lo que recibe así que tú sales del Movistar Arena pensando cómo devolver toda esa euforia, calculando la hora de São Paulo. Marcando un número que suena a media tarde de un viernes de primavera con alerta por ola de calor y los mismos trentaytantos grados que en Madrí solo para contarle a alguien que sales de un concierto y has vuelto a pensar en aquellos 3 días inolvidables donde fuiste todo lo feliz que se puede ser. Y que nos quiten lo bailao. Y qué bien los que se quedan en tu vida y la mejoran. Y bendita la música que te recuerda que tú no crees en el aura pero sí en que las personas se comunican sin darse cuenta. Crean alianzas cómplices que nos salvan. Que tú no crees en el aura pero crees en el entrelazamiento cuántico, has vuelto a ver Fringe, a bailar con coreografía, no paras de escuchar a Drexler y tienes la absurda esperanza de que todo va a mejorar. De alguna forma. Aunque todo lo importante siga bien y lleves muchos años disfrutando de tu suerte.