Trying times y Taracá

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No he salido todavía del trance de James Blake. Una vez más, y como siempre con sus discos, a pesar de lo que algunos sostienen, le das al play desde el principio cada vez. Hasta el final cada vez. Por el camino la vida te interrumpe con sus cosas y te molesta cada vez.

Hay lamentos, llamadas a la oración, beats oscuros, coros de iglesia gótica, patrones como tejidos. Nada es, mira por dónde, “orgánico” si entendemos por orgánico esa estupidez de definición corta de miras y vacía de espíritu de algunos que ni se han molestado en leer la RAE. Orgánico es literalmente un todo cuyas partes tienen sentido.

Este disco ha salido el mismo día que el de Drexler y yo llevo casi 1 semana repartida entre ambos. Incapaz de elegir bucle, trance, danza. Echando a suertes la música que suena. Pensando en esos lugares comunes de los músicos aburridos de hacer promos absurdas donde la música como tal da exactamente igual a quienes preguntan.

Un disco como un álbum de fotos sonoras. He oído eso en 3 idiomas a demasiados músicos cuyos discos luego no eran nada de eso.

Drexler mete de pronto un homenaje a Morente en medio de tambores uruguayos, de ritmos afrolatinos. Y claro que cuadra. Porque los álbumes buenos son los que abrazan lo imprevisible de la vida. Lo ambivalente. Nosotros nos enamoramos de música nueva mientras el mundo se desmorona de odio, drones y misiles. Porque el disco de Drexler es él reflexionando sobre el sentido del arte, de la música, en estos tiempos bélicos y tecnológicos donde siguen muchos señores intentando fingir que las cabezas no son partes del cuerpo.

Sentir es pensar. Pensar es sentir. Escuchar a Blake cantando sobre perder el control y abandonarse al movimiento en un vals repetitivo que te hace girar en espiral desde el ombligo, es sanador. Sonríes. Te muerdes el labio. Querer saber. Intentarlo. No esconder nada. El disco solo podía llamarse Trying times y está unido al de Drexler. En mi cabeza tiene sentido que hayan salido el mismo día porque por distintos caminos, desde distintos sitios, han llegado a la misma conclusión. Vivir es ir perdiendo. Pero también es la posibilidad de encontrar. Vivir es no controlar absolutamente nada, es navegar ese descontrol buscando la felicidad mientras la felicidad sea posible. Y todavía lo es.

Y el disco de James Blake es estremecedoramente bonito. Lo he escuchado en bucle mientras el invierno moría y la primavera y la luz ganaban terreno sin dejar ni una vez de tener la misma reacción física que cuando te meten en el cráneo, por primera vez, ese aparato metálico de masaje que venden en los bazares. Cada vez ese estremecimiento con su voz, con la música. Con cada verso que canta desde la desnudez que solo te da la coherencia sin poses ni discursos ni teatrillos. Hacer como sientes. Vivir sin mentirte a ti mismo. No hay más secreto. No hay plan. Ese es el único plan que necesitamos todos. Seguir intentando hacerlo lo más bonito que sepamos. Sin cinismo ni corazas. Toma todo esto. Cuídalo como yo lo cuido. Y si tú no lo cuidas se esfumará.

El dísco de Drexler es la filosofía y la historia de mover el culo. Conectar con tu cuerpo, con otros cuerpos. Oler en el aire el amor, la magia, el riesgo. Salir a buscarlo haciendo círculos desde el centro de la cadera. El chakra raíz.

El disco de Drexler soy yo esperando para gritar en silencio “y entraste en mi vida como Pancho Villa en Zacatecas”. Todas las veces que suena. Con la misma sonrisa gigante de quien sabe perfectamente que algunas primaveras alguien viene y lo pone todo del revés y te vuelve reluciente.

El disco de Drexler es ritmo y vibración y como siempre encaja exactamente con mis procesos mentales sobre el amor, el futuro y la vida en general. Ante la duda baila. Y baila sin dudas. Con toda el alma. Bailar aunque te duela la espalda entera.

Bailar cada ritmo prohibido por los mismos motivos de siempre. Los señores que meten la cabeza en su culo y creen que eso es ser listos. Esa autoreferencia estúpida y egocéntrica que es siempre el fin del fin. Bailar es la revolución que nos salva. Ni bailando sola se baila sola. Bailar es escuchar todos los instrumentos juntos y separados. A la vez. Conectar todo eso con tu cuerpo. Pensar y sentir. Aprender y recordar lo que sabes. Abandonarte teniendo el control de cada músculo que hace lo que necesita hacer para que te sientas libre.

El disco de Drexler es Young Miko confesando por fin y yo fantaseando con que ella y Billie Eilish estén enamoradas.

Te llevo tatuada es una absoluta preciosidad delicada de dudas y pausas y tratar de frenar lo irrefrenable. Querer a alguien es fácil. Lo difícil es aceptar que querer a alguien no se parece en nada a lo que los gurús, los terapeutas o las pelis de Disney dicen. Está fuera, invadiendo el mundo, evidente, resplandeciente. Y está dentro, en un lugar profundísimo . Y tu voz, tu voz, tu voz en el oído. Con un poco de suerte a ver si no la olvido. Yo nunca quiero olvidar lo que me importa. Aunque sea aparentemente nada. Un instante de conexión inesperada. Una llama que se enciende cuando parecía que no había oxígeno.

Benditos los que tienden puentes tan maravillosos que el único riesgo en no atreverse a cruzarlos. La única cobardía es no atreverse a correr al otro lado, donde los vasos siempre están llenos. Hasta arriba.

Hay discos que sabes desde la primera vez que se van a quedar en tu vida para siempre. Y a veces salen los dos el mismo día para recordarte que todavía puede haber un exceso de lo sublime. Que aún hay belleza suficiente como para hacer el mundo un lugar soportable.