Como todos los años la compra es un mix entre la disponibilidad de los libros que me recomendáis, lo que me interesa y veo más adecuado para mi verano y que existan opciones alternativas (ebook baratongo, por ejemplo).
En general todos los años intento no elegir libros excesivamente duros para verano porque los buenos libros te afectan al estado de ánimo y prefiero los que me hacen pensar sin dejarme en pedazos dos días.
En invierno me importa menos, no sé muy bien por qué. Manías. Digamos. O la costra de salitre cantábrico y mi deseo de preservar esa sensación de felicidad infantil que ha mutado conmigo sin cambiar en lo esencial.
Total. Estos son los elegidos en el orden aleatorio en que los he sacado de alguna de las dos bolsas de tela en las que los he traído a casa:
Este 2019 que termina he leído 40 libros por placer, una media de casi 31 páginas por día.
He conseguido mantener mi intención de leer al menos algo en los 3 idiomas en los que me defiendo.
En portugués, obviamente, la última novela de Peixoto. Mi hombre cuota, el que hace la lista “paritaria” a la manera en que los señoros entienden la paridad: si solo he leído a un autor hombre en los últimos 4 años será porque los demás no son lo suficientemente buenos como para merecer que les quite tiempo a las autoras.
Este 2019 pasará a la historia como el verano del casimilagro. Sólo he dejado a medias dos de los libros. Claus y Lucas. Es un libro duro. Mucho más adecuado para cualquier estación del año menos cálida. Pensado más bien para leer con una taza humeante y una manta en algún sofá con alguien al lado que te quiere lo suficientemente bieni como para dejarte leer tranquila. Claus y Lucas es un libro poco pensado para playas, trenes, siquiera metros. Hay una maestría en Kristoff, sin embargo, que me ha hecho reservarlo para el comienzo del otoño. Cuando termine de leer los testamentos de Attwood. Claro.