Me mandan esto para convencerme de volver. 24 sg y ya me parece que la canción dura 2h. Y que cada uno va por su lado. Y que alguien va a perderse.
¿Seré yo que ya estoy cruzada? Porque esta canción me encantaba. Esta canción, esta misma que ahora me agota sin casi haber empezado, la primera vez, hace muchos años, casi 20, me hizo flotar. Recuerdo perfectamente aquel día, la ropa que llevaba, a qué olía, cómo me sentí, toda aquella magia que pudo con un recogevasos muy pesado. Con muchísimo ruido de fondo. La magia puede siempre con todo.
Me pregunto si estará el vídeo por ahí aun. Lo busco. No lo encuentro. Aparece en su lugar otro de Barna. 2007. Este
Nick juega esa imagen de hombre distante, culto y pulcro que tiene todo siempre bajo control. Quienes escuchan sus palabras en vez de escuchar su música se pierden todo lo otro. Cuando Waterhouse toca, la pose se va por el desagüe. Siempre. Gracias al cielo.
The fooler es un disco que juega a ser oscuro. Literario. Misterioso. Conceptual. Digamos. Hay algo onírico o brumoso en todas las canciones.
Sobre todo es un disco juguetón, puede que después de Holly su disco más frágil entendiendo por frágil eso tan masculino de ver el mundo en función de las debilidades que muestras y las que haces inexpugnables.
Me gusta mucho The fooler porque entre toda la bruma, la cortina, el decorado, entre todos los elementos aparentemente ilógicos de los sueños están todas las cosas importantes.
Todas esas veces en las que haces el tonto por intentar ser el más listo, todas la veces que te equivocas y no sabes dar marcha atrás y huyes hacia adelante.
Todas las partidas que pierdes por intentar ganar cuando ya te lo habían regalado todo de antemano.
Seis canciones. 25 minutos de pura luz y pura música.
De mi forma de entender esas dos cosas.
Me he tenido que poner los cascos buenos antes de terminar la primera canción. Vicente García ha llenado cada segundo de este disco de detalles. De sonidos y silencios, de ondas concéntricas colándose hasta dentro.
Cada percusión, cada cuerda que vibra, cada sintetizador. Todas sus voces. Con esa calma de un año pandémico, mirando atardeceres a través de la ventana de ese ático en Bogotá lleno de su familia “de verdad” y su familia de músicos.
Cada vez conecto más con esa generosidad de buscar en los tiempos oscuros algo que nos calme y nos deslumbre. Lo contrario de la desgana. Todo ese cariño puesto en buscar y en probar. Encontrando sonidos nuevos, maneras nuevas que si lo piensas igual no son tan nuevas. Hay Caribe y hay new age y hay cumbia y hay folclore y raíces y herencia y referencias (noto hasta detalles traídos de Rosalía). Hay una paz de hombre con el secreto de la calma. Hay ninguna prisa, nada de ansia, lo repetitivo, lo meditativo. Tiempo para usarlo en algo que merezca la alegría.
Discos que te cambian el latido y la respiración. Que te llevan al sol pero también al mar. Lejos y dentro.
Gracias una vez más Vicente García por las certezas y la belleza
Empecé esta lista en verano de 2018. Cuando alguien dijo esa cosa tontísima “objetivamente las mujeres hacen peor música y esto ha sido así históricamente”.
Podría vivir eternamente en Famous Last Words. Es la canción con la que empieza el disco nuevo de Blake. Podría perfectamente y lo sé porque llevo ahí metida desde que la sacó como adelanto. Pero me mata la curiosidad. Esa curiosidad de saber si conseguirá el milagro: otra canción que me guste más.
Life is not the same. Ya casi nunca escucho los discos por su orden. He dejado de confiar en que el orden tenga algún sentido o intención a favor de quien escucha. Pero cada vez confío más en Blake.
Y Life is not the same tiene sentido. Tampoco es nueva. También la adelantó. También es preciosa. Decir que una canción es preciosa se parece mucho a no decir nada y sin embargo a veces es lo único justo. El luto no metafórico de asumir el mundo sin alguien importante. La muerte. El gran tabú.
No me gusta nada la portada. Absolutamente nada de nada. Es todo lo que está mal en una portada de un disco como este. Pero siempre he preferido odiar las portadas y amar las canciones de los discos que al revés.
A veces sólo se puede salvar la música. Y siempre hubo eso con las canciones de Waterhouse. Esa distancia que le gusta poner. Esas letras como de ejercicio de clase de literatura. Las palabras rebuscadas. Aprenderle los matices fingiendo que todo eso importa.
Hace mucho que digo que Ferreira es el Drexler de mi generación. El Drexler para mi y sin hacer ni una sola comparación estrictamente musical. Digo esto porque llevo más de 20 años sintiendo que las canciones de Drexler conectan con mis procesos mentales.
Y una noche mágica en Costello me di cuenta de que debajo de todo aquel intento de indie del joven Ferreira había unas letras preciosas, muchísima música y algo muy sabroso que conectaba con mis neuronas y su forma de funcionar. Luego volvió a cruzar el charco y lo sabroso era el Caribe puro de sus raíces. Hay algo delicioso en las mezclas y en atreverse.
Tuve un paraíso durante la primavera. Alguien construyó para mi aquel lugar real, distante, cercano y mítico durante la cuarentena de medio occidente. El 27 de marzo empezó un proceso de cables soldados, tubos, vasitos de vino, sonrisas esquinadas, alfombras azules y brillo en los labios.
Era raro tener un paraíso en medio de un presunto infierno. Estar tan bien. Poder estar tan bien. Tener esa fortuna.
El otro día Chano Dominguez estrenó Limbo en la Trini.
Él lo llamó limbo. Yo lo llamé paraíso. Era aproximadamente lo mismo. Limbo está compuesta en medio de la pandemia. Es una melodía cálida, luminosa, tranquila y apasionada a la vez. Serena con la serenidad de la euforia que no sentimos peligrar.